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Cuando nació Samuel, hijo de Elcana y Ana (1 Samuel 1:20), las doce tribus de Israel tenían poco más de tres siglos de habitar en Canaán. Había mucho descontento y contienda entre las tribus. 

El sacerdocio estaba carcomido de pecado e ineptitud. 

Elí el juez, ya viejo, era incapaz de enfrentarse a los problemas de su nación. 

En su tierna infancia, Samuel había sido entregado por Ana su madre al sacerdote Elí y dedicado al servicio de Jehová. Esto fue en cumplimiento a lo prometido por Ana cuando pidió un hijo a Dios. 

Samuel se hizo hombre al servicio del sacerdocio. Al morir Elí por la impresión que le causó la noticia de la muerte de sus irresponsables hijos, Samuel lo sustituyó como sacerdote de Israel. Fue el primer profeta de Israel y el último de los jueces. 

Nació, residió y fue sepultado en Ramá, distante unos 10 km. de Jerusalén. 

Durante su ministerio -que abarcó parte de la vida de Elí, Saúl y David- Dios eligió a Samuel como su principal vocero ante el pecador Israel. 

Unió a las doce tribus en un reino al mando de Saúl, llevó al ejército hebreo a la victoria contra los filisteos, estableció el gobierno de Israel y sirvió como juez.